Cayó un símbolo, más no el ichini
El líder indígena Miguel Peña Huaji, viceministro de Interculturalidad del Ministerio de Culturas y Cruz Tamo fallecieron en un accidente en la carretera internacional de La Paz-Oruro el pasado 27 de mayo. Jordi Pascual Sala, uno de nuestros socios, que trabajó en Mojos durante 5 años, les ha dedicado este texto.
Nota: ichini es jaguar en mojeño trinitario
Texto de Jordi Pascual Sala
Miguel Peña murió junto a Cruz Tamo, y con ello se terminó de escribir una leyenda. Dos hombres irrepetibles, cada uno a su estilo. Otros dos compañeros mojeños les acompañaron en su último viaje.No caeré en la idolatría de Miguel, a quien no admiré, sólo por llorar su muerte. Nomás quiero relatar lo que de él recuerdo, lo que siempre me impactó de su presencia.
Le conocí en San Ignacio de Mojos, poco antes de las primeras elecciones ganadas por un indígena en el Beni, casi un año después del asesinato (por uno de sus empleados, harto de esperar su paga) del alcalde ganadero, analfabeto, mafioso y seudo-dictador local Eduardo Abularach. Era una de las primeras ocasiones en que Miguel regresó a rostro descubierto al pueblo de dónde tuvo que huir a escondidas, junto a muchos otros, después de ser perseguido por las hordas karayanas adenistas que quisieron aprovechar el hecho para acabar con la dirigencia indígena y de paso con quienes les apoyaban (padre Enrique, monjas ursulinas, personal de CIPCA…) bajo el ridículo argumento de que Miguel era el organizador del asesinato, y los otros los autores intelectuales. Inventos patéticos, agónicos colazos de caimán moribundo.
La primera impresión es la que cuenta, dicen. Para mi Miguel siempre será unas manos gigantescas recogiendo una melena exigua que entornaba un rostro redondo de mirada profunda, culminando un cuerpo de titán. No me decepcionó su figura, después de escuchar tanto sobre su controvertida persona.
Miguel quería que lo lleváramos a su comunidad, Monte Grande del Apere, para retornar a sus casas a catorce esforzados estudiantes mojeños de la Escuela Técnica Agropecuaria de Casarabe. Los cien quilómetros de camino de tierra estaban fatal, como siempre en época de lluvias, y había tormenta. Pero él insistía en que los llevara. Fue mi primer viaje anfibio por las carreteras de Mojos, medio navegando en los charcos inacabables de arcilla, resbalando en las pistas de patinaje de jabón rojizo, con la pala y la lampa siempre listas para cavar en las inevitables plantadas. Y todo ello con catorce jóvenes y Cruz Tamo de pie en la parte trasera del Land Cruiser Pick-Up, y con Miguel, mi hermana y su novio italiano en la cabina de dos plazas.
Miguel me contó algo de la lucha por la tierra a lo largo del viaje, hasta que en cierto punto nos encontramos con un camioncillo repleto de gente (mojeña, de la comunidad de Monte Cruz) plantado en la cuneta. Miguel insistió en que no les ayudáramos, que eran traidores de la causa indígena. Me quedé descolocado. Por suerte, Cruz Tamo, su incansable escudero, se me acercó y me dijo: No le hagás caso, ayudáles… Y así lo hice. Miguel no habló mucho en lo que restaba de camino.
En Monte Grande la comunidad esperaba con impaciencia la llegada de los jóvenes y de su incontestable líder. Pasamos la noche en la posta y al día siguiente visitamos la comunidad y el monte de su alrededor entre nubes de mosquitos. Recuerdo los pollos picoteándome las piernas. Más tarde fuimos a buscar a Miguel y lo encontramos en el cabildo, en plena fiesta y borracho. No nos dejó escapar, los dos varones tuvimos que tomar varios chupitos de un alcohol casi puro e infumable. A Mauro no lo dejaba ni orinar, y a mí me sacó a bailar casi a la fuerza. ¡¡¡¡No paraba de llorar desconsoladamente, repitiendo incansable: “Ya tenemos técnicos mojeños, indígenas, nunca los hubo, y ahora ya los tenemos!!!!”.
Después se cayó fundido, y el viaje de regreso lo hizo tendido en el piso de la pick-up.
Otras veces se presentó a mi oficina para solicitar nuestra camioneta, nuestro bote, en fin, apoyo para viajar a las comunidades. Para convocar a las marchas casi siempre, ante una población cada vez menos movilizada. Pero siempre hubo en Monte Grande quienes le siguieron. Y en cada visita, una enorme y reiterada borrachera.
Miguel fue siempre un tipo controvertido y peleón, en los dos sentidos del término. Por un lado, luchó arduamente por la recuperación y el saneamiento de las tierras mojeñas frente a ganaderos e ingenieros del INRA, peleó por la participación de los indígenas en los beneficios de la explotación de la mara frente a empresas madereras y abanderó la lucha política del pueblo mojeño frente a la resistencia karayana. Por el otro lado, también luchó contra aquellos hermanos indígenas que no le quisieron apoyar, e incluso renegó de quienes le ayudaron en su lucha, como la Iglesia y las ONGs. Dividió la Subcentral del TIM en varias ocasiones, dividió algunas comunidades como Santa Rosa del Apere y tuvo mucho que ver con la reciente división de la CPEM-B. En fin, era un hombre de guerra, nunca fue un Santo Varón.
Miguel hablaba como ningún otro dirigente mojeño, incluso mejor que Pedro Nuni, actual Diputado de la Asamblea Plurinacional por la Circunscripción Indígena Especial del Beni. Su corpulencia, su gesto desganado y suficiente, su imagen poderosa, siempre hizo pensar que andaba por delante del resto. El halo de líder siempre le acompañó. Miguel fue las dos cosas, lo que fue y lo que representaba. Era un símbolo, y esa era su mayor fuente de prestigio y su gran valor.
Pero Miguel tenía dos grandes defectos, su alcoholismo y su endemoniado carácter. Hombre de mala borrachera y lágrima fácil, se ganó una reputación poco agraciada en la capital sucrense durante su etapa constituyente.
Su relación con el MAS fue compleja, y no me veo capaz de definirla. Si bien se le reconoció siempre el liderazgo, es difícil de saber hasta qué punto fue utilizado. ¿Fue algo más que una imagen indígena oriental en un gobierno colla? ¿Le dieron poder para acallarlo? ¿Qué influencia real tuvo en la Constituyente o en el Viceministerio? Todo ello son preguntas que quedan en el aire y que ojala algún día obtengan respuesta.
Y otra más: ¿qué habría sido de Miguel sin los Tamo, y de éstos sin Miguel? A Cruz lo conocí algo mejor, y sin duda fue, para mí, el más listo y sabio de los dirigentes mojeños. Aunque también peleón y controvertido, me pareció mucho más prudente y hábil. No un líder como Miguel, no imagen, pero sí cerebro. Sorprendente, en una misma comunidad (Monte Grande) cuatro cerebros, los dos susodichos más Esteban (el otro Tamo, presidente del TIM) e Ignacio Pérez, el que tuvo que ser el primer alcalde indígena del Beni y no quiso (o no pudo).
Miguel y Cruz fueron dos grandes luchadores. Y gracias a ellos, junto a muchos otros, hoy los mojeños tienen sus tierras saneadas y se quitaron para siempre el yugo político de los ganaderos. El pueblo mojeño siempre deberá estarles agradecido.
Sin embargo, su muerte puede ser también un símbolo, y contener un mensaje. Se acabó el tiempo de la división y de la sumisión. Las comunidades, la CPEM-B, el TIPNIS, el TIM y el TIMI, deben recomponer su unidad, y deben hacerlo con libertad y sin sujeciones al masismo ni a ninguna otra influencia externa.
El ichini mojeño volvió, como dijo Hernán Ávila hace unos años. Pero no era Miguel regresando a San Ignacio, era el espíritu de los luchadores mojeños, llámense Muiba, Guayocho, Guaji, Tamo, Nuni, Yujo o se llamen como se vayan a llamar los líderes del por venir. El ichini no muere con Miguel y con Cruz, al contrario, se alimenta de la fuerza de su espíritu.
Descansen en paz, y gracias por su lucha. Rusurupaia, tata noviono (“Gracias, señores”, en mojeño trinitario). El pueblo mojeño, mientras viva, se lo agradecerá, y nosotros, sus amigos, también.
Comentarios
Deja tu comentario






Suscríbete a nuestro boletín